Cuántas veces quise gritar pero debí callar... luchando con las tormentas que nublaban mis ojos, cuando el dolor de lo que veo alejarse cada vez más es inevitable; pero hay que callar. Los ojos gritan más de lo que mi garganta puede contener, a ellos no los puedo acallar... en definitiva sólo Dios sabe qué secretos guardan esas lágrimas. Es ambiguo a veces lo que siento, porque miro la vida y no me salen más que palabras de agradecimiento a quien me la regala día a día, y despertar y ver a mi pequeño a mi lado, solo despiertan en mi gratitud. Sin embargo cuando me aturden los silencios, esos que me llevan a navegar por mis angustias y al laberinto de por qués que ya he mencionado... es cuando el dolor por tener que aceptar resignación me puede... Soy una de las personas más convencidas de que todo en esta vida se consigue, que la actitud y el pensamiento son los que nos llevan al puerto que queremos, pero claro, siempre y cuando estemos hablando de nosotros mismos. El tema se complica cuando ese anhelo ya no es algo propio, sino cuando se trata del corazón, y sobre todo cuando se trata de amar a quien no te ama, a quien no puedes tener. Se que en algún momento del camino voy a encontrar la respuesta y voy a entender por qué eso tuvo que pasar... hasta tanto, ese es solo mi consuelo, saber que algún día lo entenderé...
Esos son los silencios que mi boca calla y mis ojos gritan... esos que traducidos en gotas cuentan todo mi dolor, mi tristeza y mi resignación. Muchas rocas he salteado en el sendero hacia la cumbre, y muchas son las que seguro deberé atravesar, pero esta... esta no la saltee, esta, la arrastro conmigo, y a veces no se si es porque no la pude saltear, o realmente no estoy lista para saltarla, para soltarla...